Paulo Leminski es uno de los poetas muertos que más
me gustan.
Es brasileño de Curitiba, un poeta maldito.
También escribió prosas: novelas, guiones.
Es de los que escriben hasta en las servilletas del bar
mientras tomaba un café o más probablemente un güisqui.
Ha muerto y hace ya mucho, en los ochenta.
No lo se si podría seguir haciendo poesía en este siglo,
su pureza, claridad entre naïve y grotesco, su amor a
la sencillez oriental hoy pasaría de balde.
Aquí nos ofrezco una traducción – para que los que me
leen en castellano no se cansen de tanta poesía en
portugués. Luego si encuentro un día pongo los mismos
versos en portugués a ver que hará hecho el
traductor-traidor.
Un amigo me dijo que cuando hablo castellano es como
escuchar a una peli mal traducida… Todo va donde no
tiene que ser: los pronombres y los complementos van
en la frase en un orden que no es el natural.
No lo decía por mal – creo – pero me ha pillado:
hablo portugués con palabras españolas.
Creo que el buen traductor es el que puede hacer una
buena parodia, es decir, escribir a la manera de,
como se fuera fulano. Y esta no es una idea original
mía, lo dijo Millor Fernandes, un grande escritor
brasileño. Este pequeño poema que sigue creo que expresa
bien el sentido del original. Como si fuera una niña
(o niño) hablando, o nosotros mismo hablando como si
otra vez fuéramos niños y créesenos que las cosas se
crean así, solo porque lo deseamos.
objeto
de mi más desesperado deseo
no sea aquello
por quien ardo y no veo
sea la estrella que me besa
oriente que me rija
azul amor belleza
haga cualquier cosa
pero por el amor de dios
o de nosotros dos
sea
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